martes, 7 de agosto de 2018

"Un Rumor de Siglos" La sensorial narrativa de Sabas Martín








Sabas Martín vuelve a la narrativa de una forma muy especial con “Un Rumor de Siglos”. La novela tiene como protagonista a la Siervita de Dios, Sor María de Jesús, la monja del Sauzal cuyo cuerpo permanece incorrupto y cuya vida estuvo llena de vivencias excepcionales, así como, tras su muerte, de todos aquellos que a su alrededor se congregan para venerarla.

Esta novela, que también podríamos entender como una colección de momentos de alta sensorialidad y vivencia plena de los sentidos, recorre, capítulo tras capítulo, brevedad de espacio e intensidad de espíritu, lo que el autor nos presenta como la memoria de nuestra protagonista.

No es una memoria cualquiera. Sor María de Jesús, recuerda, porque incorrupta, nos plantea que tampoco su memoria y sentidos han muerto, permanece latente en su eternidad material. La Siervita de Dios nos habla desde su presente, siempre con ese olor al jazmín que nos trae al lugar de su “féretro cerrado por 3 llaves”, de toda su vida, que no termina con su fallecimiento, sino que continua hasta la actualidad como si de una misma vida se tratara.


El autor no tiene inconveniente en que cada relato singular, compuesto en un capítulo de la novela, pueda caminar adelante o atrás en el tiempo, pueda circundar el mismo escenario que el anterior o el postrer, siempre que nos presente una nueva visión o un abierto escenario sobre algo que pasaría de largo en otra lectura.

Sorprende sin duda el uso de las onomatopeyas que en todo momento circundan la lectura. Una herramienta mucho más potente de lo que habíamos pensado en un inicio, y que permite junto con el olfato y esa experiencia mística constante, ofrecer un abanico de posibilidades de imaginación e inmersión al lector en la historia. Nuestra protagonista permanece latente, con los ojos cerrados, pero con el alma despierta, y ese conjunto de sonidos, olores y sensaciones lo atestiguan y hacen pleno los recuerdos.

El autor en el final el libro, ofrece una “Adenda: Cuaderno de Notas a Un Rumor de Siglos” en que, entre otras notas sobre cómo se fraguó este proyecto novelístico, el propio autor inicia uno de los apartados con la siguiente frase “¿El azar es el destino disfrazado de casualidad? ¿Hay signos, señales, que son algo más que fortuitas coincidencias?” y es que Sabas Martín ha reunido y estudiado todo lo que en torno a la Siervita de Dios se ha atestiguado, al tiempo, que como nos cuenta, ha vivido otra serie de circunstancias que pueden o no ser casuales, pero que no dejan de ser extraordinarias componiendo esta obra.

Sin duda “Un Rumor de Siglos” es una opción de lectura novelada que se aleja de un hiperrealismo de rutina moderna como venimos observando en los últimos tiempos, que, además, a pesar de la temática misteriosa o sobrenatural, no se centra en una narración biográfica, o en la descripción historicista a través de un personaje estudioso. Enraíza más fácilmente en un entorno de narrativa más experiencial o sensitiva, propia de un gran poeta como es Sabas Martín, capaz de engrandecer cualquier texto con su voz sonora y su partitura rítmica y su composición casi escultural de la imagen poética.

Coincidiendo con la acertada opinión de nuestro común amigo Federico J Silva, el personaje es una excusa perfecta para la creación de esta “alquimila del lenguaje”.  Y es que viva o revivida a través de la palabra Sor María de Jesús es tan sólo la óptica a través de la cuál Sabas Martín concede al lector un paraíso sonoro y lingüístico que se materializa en forma de novela.

jueves, 25 de mayo de 2017

Nuevo poemario Quebrantos de Luis Antonio González Pérez



Les presento y dejo a su lectura generosa mi nuevo poemario "Quebrantos". 21 poemas escritos entre el 19 y el 23 de mayo, como exorcismo literario, como fórmula artística, más o menos acertada, de alejar los fantasmas y universalizarlos, como tabla de salvación ante el naufragio vital. 

Lo dejo gratuito para que lo disfruten o lo sufran, según su medida, como agradecimiento a la compañía en este camino tortuoso y laberíntico.

Agradecer a Ana Lília Martín Rodríguez por cederme amablemente el grabado que ocupa la portada. Esa mirada que me ha vigilado en la madrugada creativa y el lamento cautivo de mi despacho.

(Descargar el libro aquí)

sábado, 6 de junio de 2015

Trasmallos, de Santiago GIl; un trabajo poético de fondo




Que Santiago Gil no es un poeta casual es algo que ya muchos sabíamos y se denota perfectamente en este fantástico poemario. Él mismo se definía “antes poeta que escritor” en alguna ocasión con un vino como excusa en una de sus visitas a Madrid por el barrio de Lavapiés. Un vate certero y clarividente, trascendente y de fondo. De peso como gusta decir a muchos críticos.


El libro que hoy nos centra, “Trasmallos”, se confiesa hasta en su propio título como una obra de taller, de dedicación diaria, de madrugada. Trasmallos, para aquellos lejanos al mar y que desconozcan su definición, es un conjunto de tres capas de redes que los pescadores dedican a la pesca de fondo y arrastre. Sin duda un nombre perfectamente elegido para esta obra.

Ya en el prólogo introductorio de otro grande de la poesía isleña, José Miguel Junco Ezquerra, se introduce la idea de “recurrencia al pasado, cantera de recuerdos desde donde extraer la necesaria explicación del tiempo presente” acompañada de “lo que fuimos como base esencial de lo que somos y presumiblemente seremos”. Así nos imaginamos a Santiago Gil con su trasmallo arrastrando el fondo de su memoria y de su alma, para llegado a la orilla, seleccionar la esencia, el germen, la materia prima de sí mismo, y transformarla en alimento de su presente y motor de su futuro. Un trabajo arduo, de cierto aquelarre existencial, quizás de cierto proceso iniciático, por aquello de la muerte del pasado y resurrección en el presente, batiendo contra la mar sus redes y buscando  lo que ha de quedar, y nunca debió esperar en el fondo.

Pero entremos de lleno en el poemario. El primero de los poemas, “Caricias”, es fiel reflejo del discurso poético y esencial de la obra.

El tacto de la piel que amamos 
jamás se lo llevará por delante el alzheimer.

El poeta reniega de la retórica o de las fórmulas barrocas para lanzarnos a la imaginación representación fiel de la escena poética. Recuerda quizás aquella conversación en la que el poeta, ya anciano y enfermo, dice a su compañera “no sé quién eres, pero sé que te he amado mucho”. El poeta no se ancla en el sentimiento, sino en la memoria eterna de su representación sensorial. En la expresión carnal vivida en plenitud y sin un fin más allá que la ruptura del tiempo y el espacio, pues es eso, a fin de cuentas, el amor y la poesía. En versos del propio poeta.

 … nos queda algo de revolución.

Santiago Gil vuelve al recuerdo, a aquellos pedazos de historias personales, a todo aquello que arrastra en el trasmallo y no es alimento, pero si parte fundamental de su historia, sus tesoros.

 Una colección de piedras y caracolas marinas,
muchas fotos con más de veinte años

Pero no se queda en el recuerdo y canta a la vida como “una insaciable perplejidad” en el poema “La Fiesta”, casi una declaración de intenciones pero sin aspiración de filosofía, sino de experiencia vivida y aprendizaje en los pequeños detalles de la rutina humana.

 Vivir es jugar al escondite contra uno mismo,
disparar todos los días a la ruleta rusa del azar,
gozar nirvanas, cavar fosas,

El poeta se sincera. No pretende esconder el fantástico elixir agridulce de la vida, que entrega sin complejos, desde la vivencia íntima, con la generosidad de un padre o un amigo.

Como isleño, teniendo el mar como gran padre, como referencia, como compañero vital, sin sensación de cárcel o aislamiento, nos dice.

Este mar triste de otoño en primavera,
una avenida que atardece mojada por la lluvia,
bufandas que ya estaban olvidadas en los cajones,

Toma el mar como paleta sensorial, como atrezzo sentimental para el poema. Se reconoce en cada imagen el llanto del momento, la explicación gris, de “domingos aburridos e interminables”. El mar acompaña mientras el amor se aleja, aunque espera no sea futuro la imagen que vive para ninguno de los dos.

Vuelve al mar, como ya nos adelantaba el prologuista, a personificarse con la claridad y sinceridad de los versos de Dámaso Alonso, recorriendo la modernidad del éxito; pero con la misma desazón y turbiedad de Gil de Biedma.
                              
Y regresas a casa, tambaleante y turbio
manchado con el sexo sucio de la madrugada,
vuelves como esos barcos oxidados y tristes

Santiago Gil recurre con asiduidad a los mismos escenarios pero se descuelga en su poema “Matemáticas” con una composición meta poética. Nos habla del poema, de su composición, volviendo nuevamente a huir de lo platónico y retórico de este tipo de versos, y describiendo con dirección unívoca y brillante el proceso creativo.
                              
El poema lo escribes cuando no estás escribiendo.
Después puedes hablar de inspiración,

Para confesarnos.

Ya todo lo habías escrito mucho antes.

El poema visto como consecuencia, como resultado de la experiencia y la reflexión macerada. No como un “fogonazo casi milagro” en palabras del propio autor. El poema como expresión última de lo vivido, como conclusión en busca de la trascendencia o universalidad del sentimiento.

Y casi en el centro del libro, el poema que da título al mismo. Una genialidad destacable del poeta, en el que recoge la idea de trasmallo para decirnos, y creo que en este caso merece que lo cite completo.

El mar lo va arrastrando todo,
lo que somos y lo que éramos.
En las orillas recogemos siempre las miradas.
Los trasmallos no solo atrapan peces luminosos.

Recurre luego, en el poema “Preludios” a una idea que a muchos poetas nos asusta, aunque hayamos tardado años en descubrirla. El poema como vislumbre de lo que tiene que suceder, como clarividencia, o como sencilla evidencia clarificada de la realidad del alma y la mente, cuando la marea revuelta y de fondo no permite traslucirlo todo.
               
Son los versos los que avisan de las lluvias.
Como los huesos desgastados,
como los pájaros que enmudecen.

El poeta se confiesa, como decíamos al inicio, poeta antes que escritor o narrador. Y así parece decirlo en su poema “Regresos” donde nos habla de la inevitable vuelta al poema, para continuar en “Escribientes” con una daga elegante hacia los otros, pues “otros fingen. Tú escribes”.

Pero vuelven las borrascas a las páginas de “Trasmallos”.

La lluvia acerca los océanos
y va recogiendo la sal de las lágrimas
en todas las desembocaduras del alma.
No hay borrasca que no descargue ausencias.

Vuelve al mar para elevarlo a la esencia de Luz Primordial o materia prima. Del mar se carga el cielo y de este se descarga la ausencia. Un círculo creacional del paisaje en torno a la vida y al propio poema. Una transfiguración de ese mar de otoño en primavera antes mentado, en un cielo de borrasca.  En ese mismo tono gris pero ya tornado a supervivencia, a observación del exorcismo pasado, el poeta reflexiona y nos dice.

No reniegues nunca de tu sombra

Para dejar como sentencia.

El cuerpo nunca se proyecta más allá de la carne.
En cada sombra hay un esbozo de tu propia alma.

El poeta recurre no sólo a la imagen isleña, sino también a vocablos y sentimientos propiamente insulares. Así lo hace en su poema titulado “Magua” para definirla con acierto en las sencillas imágenes del tedio y la rutina.

Así continua Santiago Gil con una serenidad reflexiva y poética. Desde los primeros poemas cargados de desazón, duelo y cierta búsqueda circular tras la pérdida y el desconcierto, vuelve a la serenidad reflexiva. No circunda ya los escenarios. Centra la imagen, la sitúa en el atril del presente, ni en el altar ni en el barro, y melodiosamente la desgrana. Ejemplo fantástico de esta nueva postura es el poema “Remansos”, así como “Pompas”.

En “Hotel California” nos descubre uno de las composiciones más sencillas y especiales del libro. Distancia entre lo que ocurre en el mundo y lo que ocurre al tú poético. Pero es en sí una misma vivencia. Fuera siguen los sueños, como muchas veces en meditación interior el artista reconoce en quienes les rodean o a quienes observa. Todo camina conforme la naturaleza obliga, “unos jóvenes músicos rockeros que todavía sueñan” nos dice Santiago Gil. Pero en el interior, en la profundidad, en la lejanía de ese tiempo de sueños, ilusiones y futuro idealizado, el tú poético es avisado. El poeta no existe en el poema sino por la profecía. Por la observación del mundo que camina como debe, y la observación del evento natural transfigurado en el sentimiento de a quien se dirige. El poeta ya no referencia el yo, ni se centra en lo que sucede en él, sino que comienza a leer lo que le circunda. Y si acaso se refiriera a él mismo, lo toma con la sana distancia del impersonal. Sana pues ese espacio entre el autor y el poema, entre lo que hace y lo que siente, entre la descriptiva de lo que observa y lo que sucede, es sin duda, una postura sólida de reflexión y avance.

Este libro de Santiago Gil, “Trasmallos”, tan acertadamente publicado por “La Discreta” nos trae a la memoria ese poema de José Manuel Caballero Bonald “Guárdate de Leteo”, que en su final sentencia.

… ese recuerdo que defenderé,
que me defenderá
contra la sordidez de la virtud.

O un derrotado Ángel González que descubre al fin lo que ha dejado atrás emprendiendo el viaje natural hacia adelante.

Atrás quedaron los escombros:
humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se ceba —último buitre— 
el viento.

Un libro esencial y referencial de la obra de Santiago Gil, que nos descubre a un escritor, ante todo poeta, que se vuelve a entregar al lector con la humildad, certeza, delicadeza y brillantez como pocos autores. 

Un trabajo ejemplar, como ya indicamos al principio, nada casual, que resulta de la permanente creación como resultado de la reflexión y observancia, con la sana intención de amar la palabra y el silencio, y trascender a través de estos a la universalidad de las almas imperecederas. 

Desde la experiencia, pero no sólo por la experiencia, sino por la grandiosidad aprendida en ella. Desde el silencio, pero no por la elevada atalaya de la observancia, sino por la universalidad de los detalles con los que entender el mundo, y a través de este a uno mismo. Desde el pasado, pero no por derrotarse en la propia derrota, sino para recoger amarras, despedir el puerto y lanzarse al mar con maestría. Desde la rutina del trasmallo, pero no para quedarse en el arrastre pesado de las figuras y decoros, sino para crecer en el poema con aquello que en esencia es, y en alimento transforma. 

Bienvenidos y bienhallados en la orilla de Santiago Gil, donde en la arena, sencillamente y sin pretensiones, nos habla, como un murmullo de oleaje, a veces otoñal a veces bravío, en tiempos de mar de fondo, de sus Trasmallos.