lunes, 13 de septiembre de 2010

Conversaciones de una psicóloga con un dictador y un poeta








Recientemente conocí a una estudiante de psicología. Siempre tuve pavor por charlar con personas que ejercieran esa profesión o estuvieran camino de hacerlo. La mente de un artista, supongo, deber ser un verdadero caldo de cultivo para las prácticas de una persona conocedora de los recodos de la mente humana y sus “curiosidades”. 

No todos los días son favorables, y a veces, se acumulan en una misma semana derrotas personales que necesitan de una charla, de un desahogo sin resultados ni soluciones, pero al menos de escucha o lectura. Estaba aterrado. El miedo hacía que me temblaran los dedos al escribirle mis pensamientos y reflexiones en ese día gris y de tormentas (y tormentos) personales. Le advertí que cerrara todos los manuales de su carrera y me intentara escuchar sin el maletín profesional a mano. Era consciente de que uno no es capaz de dejar atrás sus peculiaridades como escritor cuando charla con alguien, y no puede evitar analizar sus frases, sus palabras, observar la importancia de los tonos o las composiciones gramaticales. No sé si lo hizo.  Le dije que lo más seguro es que más interesante que la mente de un poeta, debía ser la mente de un dictador, a lo que ella propuso “o la de un dictador poeta”. Recordé entonces que cuando me contaron que un presidente de gobierno de un país cualquiera hacía tertulias literarias los viernes en la sede presidencial, siempre me lo imaginé recitando en voz alta a Gloria Fuertes con ese poema tan sorprendente “Sor Telaraña del Portal de Belen” dedicado a una mujer de alterne que ella en el mismo poema la definió como “amante de mi amante”. Cometí un gravísimo error, le di todas las llaves de las puertas que abren el más bestial de los psicoanálisis. ¿Por qué había pensado eso? ¿Por qué ese poema? 

Creo que escapé de la mejor manera posible. He decidido que a partir de ahora hablaré de cosas más mundanas. De cosas. De algo que no sea nada. Mejor, de nada.

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