jueves, 28 de octubre de 2010





Hace unos meses tuve la oportunidad de formar parte del jurado de los Premios Ángel Herrera, de la Fundación CEU, que premian cada año a alumnos de sus centros educativos en un buen número de artes y facetas creativas. No fue en la deliberación ni en el posterior ágape cuando descubrí esos ojos con los que se tiene que ver el mundo de distinta forma. Ocurrió casi a modo de despedida casual, en la puerta de la Universidad CEU – San Pablo, de vuelta a casa con un frio que quiebra hasta las palabras en la noche. Esa pleamar de pupilas azules y chispeantes, como “faroles en la noche calina” que diría Tomás Morales, eran fiel reflejo del alma viva y despierta (si mentáramos las ideas de Juan José Millás) de la fotógrafa, y desde entonces amiga, Olga Simón. 
Innumerables correos me dieron finalmente la oportunidad de descubrir en la Galería ASTARTÉ su “Jardín Polar”. Una curiosa serie de fotografías en las que la autora nos habla del frio que a veces sufrimos o sentimos; cómo nos sorprende nuestra propia esencia helada y pétrea en momentos concretos; pero sobre todo cómo la propia naturaleza nos proporciona el mejor de los resultados artísticos.
Entre el hielo, tratado con un sinfín de contrastes y formas; las palabras. Aquello que nunca dijimos y que no nos permitimos recordar por miedo. Una especie de congelación que genera distancia y no conservación; aleja y olvida; nos protege de su mensaje o de una conversación preñada de verdades.
Cada imagen proporciona un matiz diferente; Las tonalidades, la propia naturaleza del hielo y su evolución desde el momento pleno hasta la decadencia de la deshielo. Desde la totalidad, a la nada, como exacta simbiosis de los contrarios. Desde las ruinas al renacer. Decrecimiento y crecimiento, como proceso necesario.
La exposición de por sí resulta un fuerte trabajo creativo y sensible. A diferencia de otras tantas, en las que el orden y la colocación son sin más una consecución de instantáneas, el “Jardín Polar” de Olga Simón tiene sentido en el espacio y el tiempo en que ha sido entregado a nuestros ojos y nuestro espíritu. Obras de grandes dimensiones en las que te sientes relajadamente inmerso o inmensas revoluciones de mínimos detalles fotografiados en distintos formatos que arremeten contra el espectador, ebrio de sentimientos y preguntas.
Sobre el aspecto “taller” de la creación no puedo contarles nada. Cumplo las promesas. Pero créanme si les digo, que Olga Simón tiene la gran suerte de obtener obras como la que hoy comento, resultado de sensibilidad, conocimiento, trabajo, tesón y paciencia. Desde este “jardín Polar”, nacerán seguro infinidad de nuevos proyectos. Una grata sorpresa que hoy comparto con ustedes.

Texto publicado 24.01.2010

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